LA MATEMÁTICA DE LA GUERRA

 

            La última novela del escritor español Arturo Pérez Reverte, El pintor de batallas, trata directamente el tema de la guerra. El novelista fue durante treinta años corresponsal de las últimas guerras que han azotado la humanidad (como la primera de Irak, la de las Malvinas, Kosovo, etcétera). Sin duda esa experiencia crucial de ver tan de cerca el rostro de la muerte en los enfrentamientos bélicos es lo que sirve de material básico primario para la novela. Faulques, el personaje principal del relato, fue fotógrafo de guerra, y habiendo abandonado este oficio se refugia en una torre abandonada donde comienza a pintar un gran mural cuyo único tema es la guerra. Pintar batallas es un arte que muchos artistas han practicado, y Faulques estudia esas pinturas para sacar enseñanzas y estrategias para su obra.  Pero un día aparece en la torre una persona de nombre Ivo Markovic, que dice ser croata. Éste viene en busca de Faulques por una fuerte razón. El fotógrafo había tomado una fotografía a Markovic en medio del conflicto de Kosovo, y esa fotografía dio la vuelta al mundo e hizo famoso a Faulques hasta el punto de hacerlo ganador del premio a la mejor fotografía del año. La intención de Markovic es matar al fotógrafo. No obstante, un intenso y extenso diálogo que dura toda la novela posterga la intención cada vez más, de hecho no llega a matarlo.  El extenso diálogo resulta de gran interés porque en él Faulques explica a Markovic su teoría de la guerra. Es esta teoría de la guerra el objeto de mi interés y en lo que en adelante fijaré la atención. 

            Pérez Reverte pone, pues, en boca de Faulques una teoría de la guerra que se inspira en la reciente teoría del caos pero que en realidad comulga con cuantas teorías naturalistas de la guerra han dado filósofos y teóricos de la política y la conducta humana. La guerra resulta ser una ley natural de carácter matemático, una geometría del caos. La presencia continua de la guerra en la historia de la humanidad nos parece un caos, pero todo caos tiene sus leyes, y la guerra no es una excepción.  Retomemos algunas expresiones del autor para nuestra reflexión y crítica. “Vasta visión circular, continua, del caótico ajedrez, regla implacable que gobernaba el azar perverso –la ambigüedad de qué gobernaba a qué no era en absoluto casual – del mundo y de la vida”  (2005, 47). Esta visión circular es el fresco que el pintor pone en obra y con el cual quiere representar una totalidad que con la fotografía no había podido lograr.  El arte pictórico puede hacer lo que la fotografía no puede: una vasta visión de la guerra.

            Continuemos con las leyes matemáticas del caos bélico. “Aquel punto de vista confirmaba el carácter geométrico de esa perversidad, la norma del caos, las líneas y formas ocultas al ojo no avisado, tan parecidas a las arrugas de la frente y los párpados de un hombre al que  en cierta ocasión había fotografiado durante una hora junto a una fosa común, en cuclillas, fumando y tocándose la cara mientras desenterraban a su hermano y a su sobrino”. (idem) La ley se subjetiva para hacerla aparecer en carne y hueso ante la fría objetividad de la cámara fotográfica. El fotógrafo está buscando una explicación para su participación en la macabra obra de la guerra; porque como explica el autor también la fotografía es una participación. Y la conciencia está ahí haciendo preguntas inquietantes.

Como Thomas Hobbes también Faulques piensa que el hombre es un lobo para el hombre. Markovic pregunta al fotógrafo cuál es su respuesta o conclusión con una experiencia de treinta años de fotografiar la guerra. Faulques responde: “No hacen falta treinta años. Cualquiera puede comprobarlo, a poco que se fije... El hombre tortura y mata porque es lo suyo. Le gusta”. (p. 106) Markovic responde: “Lobo para el hombre,

como dicen los filósofos?”. Faulques replica: “No insulte a los lobos. Son asesinos honrados: matan para vivir”. Markovic pregunta por qué al hombre le gusta matar; el pintor responde: “La inteligencia, supongo”.  Luego explica: “La crueldad objetiva, elemental, no es crueldad. La verdadera requiere cálculo. Inteligencia, como acabo de  decir”. (p. 106) Faulques narra una observación suya durante la guerra de las Malvinas en la que unas orcas –seres marinos con cerebro muy evolucionado- juegan en la playa tomando como presas a jóvenes focas hasta dejarlas abandonadas y maltrechas o si tenían hambre se las comían. “Aquellas orcas parecían humanas”, concluye Faulques.  Su parecido con los humanos está en la crueldad basada en una mayor inteligencia. “Pero su exquisita crueldad me recordó la del hombre. Talvez ellas no tengan conciencia de esa crueldad, y sólo cumplan los códigos de la naturaleza. Quizá el hombre haga lo mismo: ser fiel a la espantosa simetría de su inteligente naturaleza”.  (p.107, énfasis mío). ¿De qué le sirve esa conciencia al ser humano si sólo sigue unas leyes naturales? Volveré sobre  esta pregunta, mientras tanto permitamos que el fotógrafo explique mejor su tesis. “¿Simetría?” Pregunta Markovic francamente desconcertado. Responde el pintor: “Eso es. Un científico la definiría como las propiedades estables del conjunto, pese a las transformaciones. [...] Dicho de otro modo, que las  apariencias engañan. Hay un orden oculto en el desorden, diría yo. Un orden que incluye el desorden. Simetrías y respuestas a simetrías”. (p. 107)

Markovic saca la siguiente conclusión: “Ya veo... Quiere decir que el malvado no puede evitar serlo”. Faulques responde: “Digo que somos malvados y no podemos evitar serlo. Que son las reglas de este juego. Que nuestra inteligencia superior hace más excelente y tentadora nuestra maldad. El hombre nació predador, como la mayor parte de los animales.  Es un impulso irresistible. Volviendo a la ciencia, su propiedad estable. Pero a diferencia del resto de los animales, nuestra inteligencia compleja nos empuja a depredar bienes, lujos, mujeres, hombres, placeres, honores...Ese impulso nos llena de envidia, frustración y de rencor. Nos hace, todavía más, lo que somos”. (p. 108)

Faulques no deja de mencionar la genética, hoy que todo pretende  explicarse por ella. “Está aquí, bajo la piel -dijo al fin-. En nuestros genes...Sólo las reglas artificiales, la cultura, el barniz de las sucesivas civilizaciones mantienen al hombre a raya de sí mismo. Convenciones sociales, leyes. Miedo al castigo”. (p.112). Los desastres hacen que los seres humanos regresen al caos del que proviene, y la barbarie brota pronto tras el barniz de la civilización. Y nada puede cambiar nuestra naturaleza. Markovic pregunta si algo nos protege. El fotógrafo responde:  “La memoria, quizás. En cierto modo es una forma de dignidad estoica. La lucidez a la hora de contemplar las líneas maestras del asunto. Asumir las reglas del juego”. (p.113) La guera es como lo que dijera un poeta inglés acerca de las rayas del tigre: terrible simetría. “Toda simetría encierra crueldad”. (p.115) ¿Cómo es posible asumir las simetrías? Pregunta Markovic. “Mediante la geometría que permite observarlas. Y la pintura que la expresa”. (p.114)  La lucidez de que habla el texto, esa es la conciencia por la que hace poco nos preguntábamos.  Pero la respuesta sólo dice que la memoria o lucidez (o conciencia) sólo nos permite conocer las reglas del juego, asumirlas conscientemente, pero no evitarlas.  Es decir, la conciencia humana sólo se puede resignar a darse  cuenta de las leyes del caos, pero no puede hacer nada ya que esa es la naturaleza del hombre, o mejor, la naturaleza toda. Porque, como se verá, la teoría postula las mismas leyes desde el bing bang que dio comienzo a este universo hasta las guerras que azotan la vida de los hombres. Por lo tanto, lucidez o conciencia sin responsabilidad. Más adelante dirá que todos somos culpables. Pero ¿cómo se puede ser culpable si sólo se sigue una implacable ley matemática de la naturaleza, las leyes del caos?  

La pregunta retorna insistente y acuciante. ¿Qué nos consuela? Esta vez un científico le explica a Faulques: “Si no hay consuelo como resultado de la observación, sí puede haberlo en el acto de la observación misma. Me refiero al acto analítico, científico,  incluso estético, de esa observación. Es como los procedimientos matemáticos: poseen tal seguridad, claridad e inevitabilidad, que proporcionan alivio intelectual a quienes lo conocen y lo manejan. Son analgésicos, diría yo.  Así volvemos a un Aristóteles algo maltrecho, pero todavía útil: la comprensión, incluso el esfuerzo por comprender, nos salva. O al menos consuela, porque convierte el horror absurdo en leyes serenas”.  (p.121) ¡Vaya paradoja, las serenas leyes de la guerra!  Estetización de un mundo bélico hasta el absurdo.  No habría solución, sólo el consuelo estético de conocer las leyes matemáticas del caos que rigen tanto la guerra como el entero universo. “En los sistemas caóticos, cuando varían un poco las condiciones de partida, el objeto sigue un camino distinto. Eso sería aplicable a tus guerras, claro.  Y también a la naturaleza y a la vida misma: terremotos, bacterias, estímulos, pensamientos.  [...] Pero es verdad que un sistema caótico está sujeto a leyes o reglas. Es más: hay reglas hechas de  excepciones, o de azares aparentes, que podrían describirse con leyes formuladas en expresiones matemáticas clásicas”. “Hay orden en el caos”. (p.122)

El hombre no es sólo lobo para el hombre; hay una nueva definición: homo occisor (p. 129), ‘hombre asesino’. Esta conclusión de Faulques forma parte de una pintura apocalíptica del caosmos. “Grietas previstas desde aquel primer instante a la temperatura de tres mil millones de grados Kelvin, situado entre los catorce segundos y los tres minutos después del Big Bang, inicio de una serie de casualidades precisas jugando al  ajedrez que crean al hombre, y lo matan. Dioses borrachos jugando al ajedrez, albures olímpicos”.  (p. 129)

            El problema de la culpabilidad le preocupa al fotógrafo en calidad misma de su oficio. Dos terribles casos lo muestran en toda su crudeza. Tres niños tiraban granadas a un tanque de guerra. Uno de ellos pide al fotógrafo les tome una fotografía, éste accede y al punto el tanque comienza a disparar y mata a los tres niños.  Faulques se pregunta si no se hubiera tirado la foto a lo mejor el tanque no habría disparado y no habría matado a los tres niños. De ser  así, el fotógrafo es culpable.

            El otro caso, no menos terrible, pero más íntimo al fotógrafo. Se trata de Olvido, la mujer fotógrafa con quien había convivido muchos años, y que sólo fotografiaba cosas, no eventos humanos, porque esto último nos hace culpables.  Olvido caminaba, el fotógrafo advierte algo, le parece una mina, duda un segundo, y sólo después avisa a Olvido de la presencia de la mina,  pero en ese  segundo de duda la mina explota y mata a Olvido. De nuevo, el fotógrafo no puede menos de sentirse culpable, aunque haya sido sólo por la mínima espera de un segundo.  ¡En ese segundo pudo salvarla! Este hecho terrible, lleva a Faulques a abandonar la fotografía, y es entonces cuando se recluye en la torre en la que decide pintar el fresco de las batallas.  El arte hace más justicia que la fotografía, pues también la fotografía puede ser culpable, participa de la acción bélica. Todos somos culpables. El autor elogia a Goya: “hizo los mejores grabados que se han hecho nunca. Nadie vio la guerra como él, ni se acercó tanto a la mala índole humana. .. Cuando al final perdió el respeto a todos los hombres y a todas las normas académicas, ni la más cruda fotografía llegó tan lejos”. (p. 214)

            Como ha podido apreciarse Pérez Reverte, o al menos  el personaje principal de  esta novela, Faulques, defiende una teoría naturalista de la guerra. Como se ha advertido no es la primera vez que se hace, pues  su historia puede remontarse a Heráclito, como lo dice el novelista, o a Calicles en el diálogo platónico titulado Gorgias.  Hasta Kant pensaba, probablemente siguiendo a Hobbes, que la naturaleza nos hizo agresivos, quiso la discordia. Todas las teorías naturalistas de la guerra tienen sus graves problemas. La de Pérez Reverte, o su personaje, no es una excepción.  La novedad del autor es presentar la guerra como condición natural del ser humano dentro de la reciente teoría del caos. Tampoco es la primera vez que se usa ideológicamente la teoría científica del caos para aplicarla a  asuntos humanos.  La guerra obedece a las mismas leyes que el resto de la naturaleza, sin que nadie sea responsable. “Siempre fue así, pero se olvida. El mundo nunca supo tanto de sí mismo y de su naturaleza como ahora, pero no le sirve de nada. [...] El hombre crea eufemismos y cortinas de humo para negar las leyes naturales. También para negar la infame condición que le es propia”.  (p.203)  La cortina de humo puede ser más bien la naturalización de la guerra para prescindir de la responsabilidad humana.  Nada ganamos con decir que la guerra existe porque el hombre es malo por naturaleza, asesino por definición.  Y ese es precisamente el problema de todas las teorías que pretenden explicar la guerra (u otras conductas humanas) por supuestas leyes naturales.  Explicar la guerra como efecto inevitable de leyes naturales es una manera de evadir la responsabilidad humana.  Se extiende a la conducta del ser humano lo que el autor denomina “amoralidad geológica”, o “bostezo indolente del universo”  (p.231) No son los seres humanos los que matan, quien “mata  es la geometría. Los pasos del Azar sobre un estricto tablero de ajedrez”. (p.269) Luego concluye: “No hay forma de  pedirle a nadie cuentas ”.  (p.269)  Disparar el botón de una cámara fotográfica no está muy lejano del acto de disparar un revólver o un cañón para matar a una persona, sólo “mediaban mínimas diferencias técnicas”. (p.291)

            Es también paradójico pensar que somos culpables, sin que tengamos responsabilidad. Que seamos culpables, lo admite Faulques sin ambages.  Markovic pregunta. “Lo entiendo. Las alas de las mariposas no son culpables, ¿verdad?... Nadie lo es”. Y el fotógrafo pintor responde: “Al contrario. Lo somos. Usted y yo mismo. Su mujer y su hijo. Todos formamos parte del monstruo que nos dispone sobre el tablero”. (p.292) La afirmación de Markovic es más coherente que la de Faulques. Si la conducta bélica del ser humano obedece sólo a leyes naturales implacables, entonces nadie es culpable, como no lo son los movimientos de las mariposas y sus correlaciones con las variaciones del mercado.  Faulques afirma paradójicamente que somos culpables, pero no tenemos responsabilidad, sólo lucidez si conocemos las reglas; no para evitarlas,  sino para consolarnos, el resto es inútil.

            La guerra sucede por leyes naturales, aritmética del caos, orden matemático invisible de una apariencia visible.  El hombre es asesino por naturaleza, pero la culpa es de la geometría del caos, no de los hombres mismos.  Hitler no tendría ninguna responsabilidad por la muerte de cinco millones de seres humanos por el solo hecho de ser judíos. Stalin no tendría responsabilidad alguna por los nueve millones de rusos que según confesó él mismo a Churchill habían muerto en sus purgas. La respuesta de Stalin a Churchill se parece demasiado a la teoría del fotografo pintor; en efecto, Stalin dijo a Churchill, “tenía que hacerlo”.  Bush se cruza las manos con objetiva frialdad ante la matanza inmisericorde que los israelíes hacen de libaneses y palestinos. ¿No son responsables? Kant, como dije, pensaba que la naturaleza misma nos puso en discordia, pero también pensaba que poco a poco el hombre accedería a la paz perpetua mediante un acuerdo de una futura sociedad de naciones. Hasta ahora, la sociedad de naciones no ha funcionado mucho porque los imperios son más poderosos que ella. Pero Kant deja la esperanza de que podamos llegar a una verdadera sociedad de naciones y por acuerdo mutuo llegar a la paz perpetua. El ser humano es insociable sociabilidad. Quizá algún día triunfe su sociabilidad.   Pensaba también Kant que muchos beneficios que los seres humanos logran por la guerra podría haberlas logrado mediante el uso de la razón. Escribe Kant: El mayor problema para la especie humana, a cuya solución le fuerza la naturaleza, es la instauración de una sociedad civil que administre universalmente el derecho. Los soberanos del mundo son responsables, piensa Kant, y los sabios son responsables de indicarles el camino de la razón y el derecho.  

Pérez Reverte no deja ninguna esperanza. La novela concluye cuando Faulques sumido en un dolor punzante va deslizándose poco a poco en las aguas del mar hasta desaparecer. Un tranquilo suicidio.  La novela no deja de ser interesante, más viniendo de una buena pluma; pero deja un profundo desasociego y malestar en el lector al presentar al ser humano como juguete de fuerzas ciegas en un caos, por más que ese caos se pretenda que siga leyes matemáticas.

 

 Carlos  Rojas Osorio

 Universidad de Puerto Rico en Humacao