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ÁNGEL ROSA

 

Pretextos y textos

Del amor y otros demonios
De Gabriel García Márquez

 

Sierva María de todos los Angeles.
Invoco la presencia Yoruba (sin negar
la fe cristiana) para desamordazar
las criptas profanadas que contienen
tu historia y gritan desde la eternidad
tu inocencia santa.

Asusta...
el cuento que arranca la vida,
la diferencia de los hombres,
el Dios de los otros, la voz ajena
y extraña, el caudal de la esperanza
que antagoniza con la mentira.

Espanta...
el peligro de los santos,
el infierno de la iglesia,
la ciencia y sus misterios,
el terror del amanecer,
y sin vida o atontada
ver tras una ventana soporina el mundo
que te pertenece, pero impiden otros.
Un cristal opaco que no es
oscuro. Un calabozo frío o caverna.
Observar el cielo negro detrás
de un hueco por donde entra
una gota fresca y miserable
que ostenta una mueca.
Un pasadizo entre muros por donde entra el amor
y discurre la muerte. Porque allí...
la expresión espesa de una palabra
arrulla la atmósfera de una muralla que enmudece.

P29.CUA.DRI.VI.UM.

 


No a todos asustan los mismos hechos.
Pero, ¿a quién no espanta la tristeza de ser
contra los otros?
¿A quién no espanta el convulsionar,
hielo sobre la piel desnuda, flagelación,
y cadenas, sin rehusar una
respuesta comprometedora,
lengua yoruba que repite, reclama
y pronuncia candombes y quimbambás,
adombe, gangá, mondé y bárbaros
que profanan una fe equivocada?
¿A quién no espanta
un exorcismo que no levanta ánimas,
pero quiebra vértebras,
desampara
y madura el amor.... traicionándolo?
Nada sirvió para que tus pasos temblaran
y tus carnes se arrugaran,
para que tus huesos entumecieran y
tu cabello raparan y creciera después de la muerte.
Llegaron los vientos alisios
y te quedaste soñando.
Las abejas zumbando algún acrisolado augurio
y los animales aullando otro presagio de muerte,
idea de que el mundo prevalece equivocado.
Tu talismán al cuello,
adviento de fantasmas que entran en la prisión-infierno
y regresan maestros negros que te sustentan.
Tu pie se hace ligero,
el musgo revierte en arena blanca,
el dolor ya no duele tanto, y sientes que escapas.
¡Eréndira resucitada buscadora de futuros
y quehaceres!

Y yo, que escribo,
cobarde yo, y miserable
que callo hasta el amanecer
estos versos desaforados,
una muerte que no corrige
la mordida de una vid dorada.
Yo, el que escribo...
Cayetano Delaura


P.30.CUA.DRI.VI.UM


Aura
De Carlos Fuentes

 

Para desearme... amor, necesitas.
Acercarme.
Descubrir el holocausto de mi voz
baldosa.
Recordar... volver... acercarme
... a tu casa olvidada,
abrir la puerta, penetrar,
oler el musgo del pasillo
y el silencio del jardín, escuchar
el pulso de la pasión,
discernir cuál la imagen
que pinta sombras en el aire,
holograma en movimiento
que repite cuerpo, historia y pasión.
Calmar la sed
de una garganta que amordaza
palabras secas entre labios cocidos,
obituarios entre voces y nombres sin pronunciar,
sordos, mudos y oscuros.
Acercarme...
Desgranar mi pecho,
labios que aprietan pezones
estériles, reliquias y granos
sin leche.
Acercarme...
friccionar dedos, enredos y arbustos,
empujar, cueva profunda
que late pasiones podridas y rancias,
allí donde dientes
y lengua creyeron encontrar
una gota de vena tibia
que apenas late.
Y endurecido así
penetras nuevamente acá
donde el musgo enrarecido y la saliva dulce
se derraman.
Entonces tú, con esa expresión
de ojos que saltan, lascivos...,
me miras en blanco y te espantas.
Porque, para desearme... amor, necesitas
reinventarme detrás de esta armazón cansada
y saber quién..., y qué..., y dónde.

 

P.31.CUA.DRI.VI.UM.


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