ARTURO ECHAVARRIA

ContenidoP.63

La estación florida

de Jorge Luis Castillo

 

......El título de la nueva novela de Jorge Castillo y la representación gráfica que adorna su portada nos ponen de inmediato sobre aviso. Bajo La estación florida aparece una gráfica art nouveau que representa una joven pareja en atuendo formal: él de frac, ella en traje de noche estilo de los años 20, él arrodillado con las manos extendidas tocándola o casi tocándola, ella, en extraña simetría, también con las manos extendidas apartándolo de sí. Tras esta composición de un erotismo lujoso, a la vez frívolo y apasionado, se adivina el Gran Gatsby de Scott Fitzgerald, como también al mundo de un Gómez Carrillo, el "rubio cristal de Champaña" de Rubén Darío y naturalmente la "juventud divino tesoro", del melancólico "Poema de otoño en primavera". Tiempos fugaces de una estación en que las flores de Eros, las "rosas del jardín" de Rubén, nos convocan con una urgencia inaplazable. Pero Jorge, agudo conocedor de su literatura, se exhibe, como es evidente para cualquier lector culto, la excelsa figura de don Luis de Góngora.

La estación florida de Jorge Castillo va a desplazarse entre varios polos que se inscriben a manera de vértices que sostienen la estructura del relato. Esos polos se ubican en tradiciones y corrientes literarias que con frecuencia más que marcan demarcan la producción literaria en Hispanoamérica y el Caribe de fines del siglo pasado y gran parte de lo que va del siglo actual. Me refiero al Modernismo, algo del Posmodernismo (el que vino luego del Modernismo hispanoamericano y no el de ahora), y el Barroco. Y esa versión del Barroco que llamamos "Barroco hispanoamericano",caribeño, puertorriqueño y cubano, sobre todo el cubano. Con el Barroco, un estilo del que se ha dicho, si se nos permite una paráfrasis de Borges, que se ensaña con sus medios y se enamora y corteja su propio fin, viene la parodia. Y con la parodia el humor en esa versión tan caribeña del humor que es la chacota y el relajo. El texto que nos ocupa apela a este variado y complejo mundo literario, lo inscribe, lo exalta, y en ocasiones, en muchísimas ocasiones, lo quiere, quizá en vano, devorar y aniquilar.

Una de las características del Barroco es esa consciencia de la ausencia, del hueco, de lo que en rigor no está allí, del horror del vacío; es un dispararse hacia lo inalcanzable que se configura bajo la égida de un diferimiento constante del deseo. El objeto se manufactura, y, en el proceso, con harta frecuencia se fragmenta y se desarticula. A falta de poder de veras tenerlo al alcance de la mano, se recurre una y otra vez, en esa recherche de l'absolu, a adornar fatigosamente el objeto, a revestirlo de un lujo rebuscado, a decorarlo. Y la decoración es un arte de distancias. Sólo se puede apreciar lo decorado cuando entre el sujeto y el objeto media un espacio, a veces considerable. En La estación florida la fragmentación y la desarticulación se figura las más veces bajo las formas de la parodia. He aquí un ejemplo.

Johnny, uno de los personajes, ha salido a pasear la belle dame sans merci, de su deseo, una muchacha llamada Sandra, en un automóvil a toda velocidad en busca

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de un paraje donde pueda saciar su urgencia erótica. El estruendo provocado por la velocidad del auto, nos dice el narrador, convierte en inútil toda tentativa de entendimiento entre ellos:

Conversar era imposible. El rondador de los cabellos de Sandra bisbiseaba, estentóreo y polifémico, en los tímpanos de la peregrina pareja y volvía todo intento de comunicación por vía oral en inteligibles alaridos. (p. 20)

He aquí otro. Un joven personaje que aspira a poeta, en medio de una borrachera en verdad impresionante (¡cómo beben y se emborrachan estos personajes!), se lleva una rubia a un cuartucho mal oliente cerca de la playa. Ante la embriaguez del consorte, los asedios de la rubia resultan infructuosos. El cerco amoroso, si es que ello puede llamarse así, se transcribe en primera persona del modo siguiente:

De bruces entre las sábanas, con el rostro sacudido por los estragos del fruto de la caña y de la uva, me di vueltas en el lecho hasta verme boca abajo y lentamente sumergirme entre las telas que ya rodeaban mi cuerpo como un piélago nublado por presagios de tormenta. Un sopor calenturiento me cubrió como mortaja de aedo valetudinario, tendido en el camposanto de su postrero dislate; moví la mano derecha para entreabrirme los párpados y vi a la muchacha rubia desnuda prepararse tan callada para lanzarse, en un punto sobre mi cuerpo indefenso y reducirlo a cenizas, a viola trunca, a polvo, a humo, a sueño perdido, a tierra, a silencio, a nada. (p. 38)

¿Podemos eludir aquí, además del evidente perfume gongorino, la tentación de las paráfrasis de versos de Góngora citadas por Severo Sarduy en su ensayo Barroco? ¿No podríamos hacer aquí una operación análoga y decir: "borracho jendío entre las sábanas apenas pude ver que la rubia desnuda se preparaba para hacerme leña"?

Un penúltimo ejemplo de esta desarticulación barroca, que recuerda la parodia del estilo de Alejo Carpentier realizada por Cabrera Infante, es la llegada un sábado en yate a un islote que bien podría ser Palomino:

Ineluctablemente agreste parecía aquella mañana el mar, desde la proa leve que horadaba tempranera las crespaduras salobres, plegando la cerviz indómita ante el puño resoluto del timonel avezado, saltarina,

azul y blanca bajo las trenzas del sol. La visión, aún lejanísima, de un islote afortunado, milagro deshabitado, reforestado y playero, se unía al consorcio grato de los cinco tripulantes para proclamar los júbilos del asueto sabatino.(p. 44) Junto a las figuras más ilustres del Barroco hispánico junto a Góngora no faltan alusiones a Quevedo y Sor Juana Inés de la Cruz, por ejemplo descollan solapadamente, como una suerte de mediadores, escritores caribeños de la talla de Carpentier, Lezama Lima, Cabrera Infante, Sarduy y Luis Rafael Sánchez. Habría que aclarar además que, como ellos, Jorge Castillo extremezcla en la parodia de un lenguaje "elevado", el habla ordinaria de la juventud nuestra:

"¡Ajá guféate a esta parejita! ...dijeron que le estaban huyendo y que a los mosquitos y fue que de verdad Papi se dejó el repelente en casa ¿no ves cómo tengo las piernas? ¿Y mira este mar no te parece así con fuego y de noche como medio sentimental?" (p. 51)

Pero, como ya he adelantado, hay otro polo literario que con sus líneas de fuerza imanta el texto de Jorge Castillo. Los modernistas se dan cita en estas páginas para dispendiar, las más veces bajo la máscara de la parodia, sus haberes verbales. Las alusiones a Juan Ramón Jiménez, a Martí, a Silva, a Herrera y Reissig (un poeta que Jorge conoce muy bien), y sobre todo, al más excelso entre ellos, Rubén Darío, no escasean. Véase, por ejemplo, aquella factura paródica del poema "El país del sol" de Rubén Darío aquí trasmutada en una de esas jaranas adolescentes de marquesina que todos conocemos:

Para el regio convite, junto al don de la risa

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y el vino (oh baile chic y divino) ¿cómo es que tú, hermana hacendosa, nos ofreciste la música desde una hora temprana, aunque Johnny no llegaba con los discos y el alcohol? ¿No fue mejor esperarlo, con rosas en los cabellos y la ponchera dispuesta, para que depositara en ella su cornucopia tropical y fabricara enseguida uno de sus mejores tragos con frutas, vino y limón en el país del ron? En el jardín de la casa de la colina empinada (¡Oh, ara y rica velada!) Fuera mejor que tú hacendosa hermana, colocases unos platos junto a las grandes soperas, las bandejas de ensaladas y, para limpiarse las manos, unos trozos de papel; tú que hiciste las delicias de la alegre concurrencia al servirnos la ensalada con pedazos de jamón, en el país del ron! (p. 67)

En el país del ron va a ser el estribillo que, en lugar de "el país del sol", se repite en las estrofas sucesivas.

No sólo el lenguaje y las formas de ese lenguaje evocan aquí dos mundos literarios que en gran medida son consustanciales con uno de los modos más sobresalientes de nuestra expresión. La forma en que discurre esta novela parece también estar lejanamente prefigurada por la ejecutoria de la trama en ciertos poemas barrocos, sobre todo los de Góngora. Como en cierto sentido en Las soledades, la trama de La estación florida carece de gran elaboración y de grandes complejidades. La historia de la novela de Jorge remite a una crisis vital de una adolescencia tardía. Los jóvenes están en la Universidad, se enamoran, beben mucho más de la cuenta, pasean en carro, van a bailes, hacen excursiones en lancha, frecuentan mujeres de mal vivir, y alguno, con ese nombre tan sugestivo de Juan Rubén, quiere ser poeta. Hay, quien lo duda, graves desencantos amorosos y grandes comelatas y bebelatas para despedir, al final, esa época que está teñida de cierta inocencia y candor. Sospecho que la trama de las Soledades se podría igualmente resumir en muy pocas palabras. Lo importante en estos textos no es el cuento, ni siquiera es, como lo ha dicho en una bella y memorable frase Luis Rafael Sánchez, quien lo cuenta, el cuento es en el fondo cómo se cuenta. En ese derroche verbal en el que no falta el asombroso hecho de que gran parte del texto novelístico está narrado en octosílabos (ejemplo al azar), en ese derroche verbal está inscrita, me parece, una gran crisis existencial y literaria. La estación florida termina en un muy poco florido silencio que, acaso recordando a Octavio Paz, se inscribe en la última página con la frase que, como una manta, la llena de arriba a abajo: página en blanco página en blanco página en blanco. Esa sensación del exceso de vida y de literatura, que desemboca en el vacío, ese afán por llenar, por amueblar los espacios del texto literario, esa sensación de agotamiento extremo, tan afín a la sensibilidad barroca y en cierto modo a la sensibilidad modernista, nos deja por lo menos me deja a mí con una pregunta que habrá que reiterar con más pausa y más, mucho más detenimiento: las afinidades del Barroco y el modernismo hispanoamericano y su enlace, o mejor, su desenlace en el barroco caribeño. No es poco que un texto literario actual suscite inquietudes y preguntas de este calibre y envergadura.

(P.61.CUA.DRI.VI.UM)

(Fin artículo)


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