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Luis Rafael Sánchez

 

Cuentos de la plaza fuerte
de Emilio S. Belaval

 

 

Motivado por la actualidad del discurso narrativo de
Emilio S. Belaval, el autor ofrece a los lectores una reseña
que apareció en Asomante, hace treinta y cuatro años.

Si los primeros cuentos de Emilio Belaval (Cuentos para fomentar el turismo, 1946; Cuentos de la Universidad, 1935) se comprometían con un presente inmediato y amargo del cual el autor protestaba, su último libro, Cuentos de la plaza fuerte, desvía la atención hacia el siglo pasado, deteniéndose en la consideración de la experiencia histórica de la colectividad puertorriqueña de entonces. Toda una posición vital llega a insinuarse en esta intelectual virazón belavalina: el hombre de acción, el comprometido sartreíno, ha cedido paso al hombre contemplativo, al evocador, al que, alarmado por la periclitación del mundo que estima, se sienta a reconstruirlo imaginísticamente para salvarlo siquiera en el recuerdo. Ése será el propósito estético del libro: reconstruir artificiosamente la “muy noble y muy leal”ciudad de San Juan Bautista, en los años en que asentaba en la nombrada plaza la corona española, plaza de respetable artillería a cuyo rescoldo se sazona la mejor picaresca, plaza de campamento para cuerpos consulares, gente farandulesca y ánimas en tránsito. Ni que decir habría los instrumentos utilizados en esta recreación: apuntes que lindan con lo legendario, folklorismos o el dato de pura invención; personajes caricaturescos, tipos de glosa la tradición, petimetres cocidos en olla supersticiosa; vivificado todo con un lenguaje preciosista, increíblemente rico y sugerente, lenguaje cargado de arcaísmos, maduro de tonalidades, cadencioso, armónico con la profusión que acostumbra Belaval en su prosa.


Detrás de cada fantasmagoría, se agitan los neo-personajes: calles sanjuaneras que se hacen cómplices o precipitantes de la trama, calles que habitan lo que hoy pomposamente llamamos «old San Juan» para gusto de extraños, calles que conforman esa plaza fuerte que es paisaje y paisanaje, andamiaje sobre el que levanta esta media docena de relatos sin título, diferenciados entre sí por la forma narrativa utilizada, sea biografía, conseja, tradición, leyenda, alegoría, esperpento. La intencionalidad titular es la de presentar sus manifestaciones cuentísticas que pueden cobijar bajo el denominador común de cuento.


El primero de la colección es Leyenda con la calle Sol como atuendo. El personaje de carne y hueso Calixto Solana vive apresado entre dos culturas, la española, dada como herencia espiritual y la americana, recibida como herencia social producto de la convivencia. Último descendiente de un apellido ilustre, Solana resulta personaje fronterizo que agoniza entre sus dos seres. Para cumplir la decisión final, la de escoger entre americanidad y españolidad, regresa al viejo caserón de su familia donde se encuentra con un indio corpulento que está presto a su servicio y un muñeco

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gigantesco, especie de ídolo bárbaro, cuyo mutismo y secreto lo fascina. El muñeco arrastra al cuento un magicismo ritual que se convierte al final en maleficio. Cuando Solana trata de llegar a la boca del ídolo, boca que se hace pozo de sangre, le llegan las convulsiones que anuncian la muerte. La anécdota como se ve es breve. Lo que queda es la idea que mueve la ficción; el mundo español americano y el mundo indígena han terminado petrificándose, no han vencido el tiempo; lo permanente será la fusión de esos dos modos de vida. El título genérico ayuda a caracterizar el relato. Leyenda porque los sucesos con fondo de realidad se transforman a través de la tradición oral.


Tradición, justamente, llama, Belaval al segundo empeño. El párrafo inicial explica el título. La viuda del oficial muerto en el campo de batalla es un mórbido de tenebrario encendido en la larga noche de la pasión. Está supuesta a guardarle la pena al difunto hasta caer postrada por la anemia o enloquecer vidriada por la soledad. La tradición es doctrina, dogma, casi, que se repite de generación en generación, costumbre de las edades, prudente a veces, majadera otras. En este caso la tradición lleva al sacrificio que supone la soledad. Unas cuantas viudas, domiciliadas en la calle Fortaleza, demandan audiencia de la gobernación para impedir la cuarta boda de la viuda múltiple Salomonita Urraola. El tono del cuento es uno humorístico elegante, la anécdota es deliciosa. El pueblo se hace coro anónimo, la intriga viudil llega a lo farsesco vibrante. Vaya como ejemplo la enumeración de las causas de viudez de las protestantes o el censo general de viudas en toda la plaza. La muerte sobrenatural, cargada de brujería isleña, vuelve a finalizar el relato. La viuda paga su promiscuidad con la vida.


No me gusta del cuento su final antidramático. Los símbolos, los términos o planos de la realidad e ilusión, no debe explicarse sino que el lector debe obtener su significación de la lectura misma. Mayor impacto se lograría si el relato cerrara en el penúltimo párrafo con la desaparición de la viuda y su flamante marido. Detalle curioso en el párrafo inicial es la utilización del anglicismo sintáctico “está supuesta” como sustituyente de la frase correcta en nuestro idioma se supone. Llamo la atención, no porque el desliz sea mayúsculo sino para indicar la influencia del inglés en todos los sectores de nuestra sociedad, incluso en la clase de gran cultura a la que pertenece el distinguido Belaval.


La Alegoría o tercer relato toma como descanso una calle cuyo nombre recoge un símbolo de universal valor: Cruz. La calle Cruz, ya lo dice el no título alegoriza la pasión que arrastra Fernando de Almagroi en su peregrinación por las calles de la Plaza Fuerte, llevando consigo mucha hambre y mucho dolor. El encuentro con Isabel Martí lo lleva a morir tranquilo pues la mujer con una dulzura arcádica limpia sus llagas. Los nombres de la pareja tienen una grata reminiscencia histórica: Fernando e Isabel, propulsores de la gesta conquistadora. Dos novedades llaman la atención de inmediato: el rodeo léxico de que se vale el autor para preterir lo urgentemente dramático y la constante elipsis del artículo como recurso estilístico. El esperpento y La conseja que suceden el anterior relato resultan briosos y dramáticos y para mi gusto son las mejores del libro. Aquí hay gracia y delicia, encanto, relación y adecuación, entre asunto, vocabulario y tratamiento del tema. El esperpento se anima con una procesión penitencial en la que el personaje central, Pacita Soledad, es obligada por extraños oficiantes a exponer a la vergüenza pública su pecado: abandonó a su madre en la agonía para irse al portalillo a hablar con su mozo. La calle San Sebastián es la región de la gran culpa y por ella peregrinan en estos grotescos “romeros”. Ricas con las sinestesias de la página 70 –rabias azules, ansias verdes y rico es el esperpento todo desde el comienzo con

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dramáticas sinécdoque –primero iba el aullido lastimero del can, hasta el final guiñolesco y de fin de fiestas. La conseja es patraña estupenda aparecida primeramente en el número que Asomante dedicara al cuento puertorriqueño contemporáneo. Lo tenebroso rueda de nuevo por los adoquines, ahora la calle es la Luna, lugar en donde canta el cuplé de la pulguita, una moza garrida y fresca. La folklórica desaparece un buen día misteriosamente y se sueltan las cabezas a hilvanar ideas. Llega a correr una copla noticiosa:
En la calle de la Luna/se ha perdido una mujer/y por su suerte infortuna/se está muriendo un francés.
Belaval desata en este delicioso aguafuerte su locura maestra de la tipificación: cléricos, guapos, beatas, solteronas, etc. pululan en bribona gritería hasta hacer del cuento un pariente lejano de los antiguos sainetes de don Ramón de la Cruz.


Cierra la colección con una seria biografía de Cruz Menchaca, mujer de vida llamada fácil, que pide a Dios que su cuerpo no sea manjar de gusanos. Paradójicamente es éste el relato más corto, sintetizando en siete páginas y media la vida un tanto inútil de la mujer, desde su “mocedad licenciosa” hasta su “otoño de celestina”.


Recurrente en el libro es la tendencia de Emilio Belaval a incorporar al cuento digresiones que lindan con lo ensayístico. Véanse, como ejemplo, sus consideraciones sobre el indio en la página 23 de la edición citada. Ello conlleva un problema serio, la progresión dramática, tan importante en este género, se diluye; la acción se detiene continuadamente y el lector pierde la hilación general.


Belaval entiende el cuento como pieza de arte, de ahí que funda historia y poesía en un tercer nivel de realidad, tallada léxica y artísticamente. Más que los asuntos, encanta la forma, el dominio del habla y lengua, el pulimiento consciente de la prosa.


Queda este libro como pasado testimonio de un escritor fino y serio cuya obra marca todo un proceso y acontecer en la cuentística nacional puertorriqueña.

Fin

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(Tomado de Asomante, Año XX, Vol. XX, 1964.)

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